lunes, 26 de septiembre de 2011

Santiago en penumbras.

Son pasadas las 8 de la noche. La gente camina mientras una suave brisa ameniza la tarde de primavera que está llegando a su fin. La noche está cerca,los colores del cielo van cambiando hasta que de repente todo se torna oscuro...la gente sigue deambulando, se ven familias que regresan a sus casas, jóvenes que pasean en bicicleta, personas que seguramente van a carretear (después de todo, es sábado) y abuelitos que pasean a sus perros. Todo en completa calma, todo transcurre con total normalidad. En el metro, la gente espera pacientemente a que las puertas se abran para poder ingresar a los vagones, me extraño al no ver escolares, al rato me doy cuenta que soy una estúpida: es sábado en la noche - estoy totalmente perdida con los días luego del feriado del 18 - y me pongo a observar la gran cantidad de gente que me rodea. De pronto viene lo inesperado: la luz se va y el ambiente pasa de un bullicio de proporciones a un completo silencio, como que la gente queda en Stand by, esperando intrucciones, supongo.
 La voz en off comienza a decir que debemos evacuar el metro por razones de seguridad, la gente se resiste un poco a salir, asumo que por desconfianza a que les pase eso de "el que se fue a Melipilla perdió su silla", pero al final todos se bajan del tren. Una guagua llora, y una señora pasa corriendo al lado de todos vociferando algo que nadie entendió mucho, lo único que supimos fue que dijo que seguramente el famoso satélite (que nunca cayó) había provocado "la catastrofe", su tono tipín "se viene el fin del mundo, corran por sus vidas" nos deja WTF por algunos minutos mientras la señora corre a lo largo de la línea y se pierde en el horizonte.
No queda otra que salir del metro y largarse a caminar sin rumbo, esperando que la luz vuelva luego y que pillemos una forma menos cansadora de llegar al departamento. Hay muchos como nosotros, que no saben dónde diantres están parados, tratando de ubicar alguna calle de referencia, que les suene por lo menos como un recuerdo vago de alguna calle del "Gran Santiago". La gente residente es bastante amable y ayudan a los que somos "forasteros", así  logramos llegar a un lugar más conocido, y seguimos caminando. Y seguimos caminando. Y seguimos caminando. Y la luz no llega y no pretende llegar.
Mi papi me llama para contarme que el problema afecta a gran parte del país y que el origen radica en una falla en el Sistema Interconectado Central, me siento bien, al menos sé la real razón del por qué de la situación y no tengo que creerle a señoras neuróticas que vaticinan la perdición eterna...
Los chicos empiezan con la típica pregunta "Cuaaaanto faaaaaaaaaaaltaaaaaaaaaa?" (léase con tono de niño pequeño) y nadie sabe qué responder, total, por más que les digamos que estamos cerca (aunque en realidad estábamos lejísimos) iban a seguir preguntando cada 5 minutos...
La masa de gente sigue caminando mientras los Transantiago pasan como latas de sardinas por las calles de la capital y los taxis van con una sola persona como pasajero ante el repudio general por el egoísmo de esa situación. Una señora casi se cae porque no vió una valla en el camino, la gente va a socorrerla y yo de nuevo me convenzo que los santiaguinos no son tan pencas como los pintan, de hecho, estoy segura que esa percepción pasa por la ignorancia más que por la experiencia.
Al fin podemos subir a una micro, lo cual se torna una odisea considerando que la gente subía desesperadamente como si se fueran a morir si no lo hacen, en fin, recorremos unas cuantas cuadras y nos bajamos. Santiago sigue en penumbras.
Son como las 22:30 y al fin llegamos al departamento, luego de una caminata casi ciega por Santiago de Chile, estamos cansados a morir,cuando de pronto: ¡HÁGASE LA LUZ! la vida comienza a surgir nuevamente, la gente suspira y celebra como si hubiese resucitado un familiar muy querido, y yo pienso: Pucha que se ha vuelto imprescindible la luz eléctrica, al punto de ser casi esclavos de su presencia por las noches.
En fin. Santiago vuelve paulatinamente a la normalidad y yo también.

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