miércoles, 23 de enero de 2013

Tinta Roja.

Recuerdo que cuando (por fin) salí de clases, me dije a mí misma: "no volveré a leer algo extenso en muuuuucho tiempo, mi cerebro necesita descansar de tanta lectura", y fue así donde a 10 días de haber salido de vacaciones, devoré sin piedad un libro de 409 páginas en dos días.
No sé si fue la ansiedad de leer otro texto de Fuguet - creo que abusé tanto de la lectura de "Mala Onda" que hasta podría citar algunas frases -, la falta de internet o la emoción que me producía adentrarme en un mundo que en algún momento de mi vida me fue tan cercano y lejano a la vez; el punto, es que algo hizo que finalmente la 'Tinta Roja' de Alberto Fuguet escurriera por mis manos como si fuese agua.

Creo que de por sí el libro se me presentaba de forma interesante, pues mi papi no pocas veces me había dicho que "Tinta Roja" era un retrato vivo de cómo era la sección de redacción del Diario Austral de Temuco (y de todos los diarios en realidad), o sea, quizás no era un ambiente tan libertino como el del Diario ficticio del libro, El Clamor, pero de lo que sí estoy segura, es que la vida de periodista policial es tan cruda, agitada y divertida como Fuguet la pinta.

Mientras leía el texto, me era imposible no recordar mi niñez, cuando a mi papá lo llamaban a cualquier hora porque había ocurrido un hecho policial que debía cubrir; en ese entonces, no lograba entender por qué él tenía que ir a trabajar de nuevo si había llegado a la casa hacía poco rato, no comprendía la razón de por qué - según yo - "lo molestaban"a altas horas de la madrugada y aunque la lluvia azotara con furia las tierras temuquenses, él salía igual a trabajar.
Cómo olvidar las innumerables veces que fui a ver a mi papi al Diario, mientras los guardias, los periodistas, las secretarias, los choferes e incluso los altos mandos del lugar me saludaban afectuosamente; sobre todo, cómo no recordar al "Hermano" Carolo - rebautizado por mí como "Callollo" (no podía pronunciar bien su nombre) - el compañero de andanzas policiales de mi papá, aquel chofer del móvil del Diario que aún después de 15 años y un poco más, sigue viéndome como la pequeña de rulos muy sonriente que de vez en cuando iba a alegrar su jornada laboral, mientras iba caminando con mi mami desde el kiosko de mi abuelita (que por esa cosas del destino está en la calle del Diario) y le gritaba "Hola Hermano Callolloooo!". Creo que él nunca dejará de sorprenderse de 'lo grande que estoy', de que 'ya soy toda una señorita' y que 'ya no tengo tantos rulos como antes'.

Es gracioso darme cuenta que el modelo del libro realmente existe y de forma tan precisa: mi papi como Alfonso (sólo en lo que a periodista policial en práctica respecta), el Hermano Carolo como Camión, Ravanal como Escalona, el reportero gráfico de El Clamor, y todos aquellos que le fueron enseñando lecciones de periodismo y de vida a mi papá, tal como lo hacían Saúl Faúndez y Celso Cabrera en el libro. Es increíble ver que se enfrascaban en situaciones que parece que sólo ocurren en los libros, pero no, en la realidad concreta también hay cosas tan freaks como que un periodista policial, mi papá en este caso, haya viajado de noche desde Temuco a Chiloé para entrevistar - sin resguardo policial de por medio - al primer asesino en serie chileno, o que haya pasado una semana en una plaza de Temuco viendo como en las noches se transformaba en un antro de prostitutas, travestis y traficantes. Estuvo toda esa semana conociendo ese mundo tan ajeno a él, entrevistándolos, conociendo el por qué habían llegado a ejercer el oficio más antiguo del mundo, entre otras anécdotas. A veces la ficción se parece mucho a la vida real. Y viceversa.

Ahora recién, luego de más de una década soy capaz de comprender un poco mejor la agitada vida del periodista, y no solo eso, sino que entiendo por qué mi papi me decía que evitara ser periodista, y también capto por qué me miró tan serio cuando le planteé que me parecía interesante el área de criminología (creo que vi mucho CSI y La Ley y el Orden en ese tiempo...), pues asumí que después de haber estudiado con cadáveres en mi corto pero fructífero paso por Odontología, nada relacionado con la muerte de personas ajenas a mí podría afectarme tanto como para hacerme desertar (inserte un gran, GRAN Yao Ming aquí, yo soy de las que llora como nena con la Teletón e incluso las novelas - todavía lloro la muerte de Pelluco - por lo que hubiese durado menos que un candy en ese ambiente). Fue en ese momento cuando él me dijo que vivir rodeado de muerte, no era algo agradable, que ver el sufrimiento tan de cerca, de algún modo,  te consume el alma.

Gracias a este libro, ahora me siento aún más conectada con mi papá, me siento orgullosa de que haya sido capaz de resistir a cosas tan fuertes dentro de su profesión y que haya podido despegar, ascender, y me alegra ver que al contrario de lo que le pasó a Alfonso, mi papá no se quedó pegado en lo policial y fue capaz de ver más allá de la crónica roja. Me siento agradecida también de conocer el mundo periodístico por dentro, porque la gente ve que el Diario solamente sale a la venta y despotrican contra los periodistas por una u otra cosa, y no se dan cuenta que hay algo más allá del simple diario, es el esfuerzo de decenas, incluso cientos de personas, que culmina con aquellas hojas llenas de información que día a día circulan por las calles llevando en ellas impresas el sudor, el cansancio por las extensas jornadas de trabajo (tan mal pagadas hoy en día) y valentía de cada persona que contribuyó a su publicación.
Estoy segura que todos aquellos que generalizan al gremio - generalización que según mi percepción tiene como base la ignorancia - no tienen ni la más mínima idea de todo lo que conlleva ser periodista, de comunicar a las masas, de quizás, a través de una nota hacer justicia y dar consuelo a una familia contando los hechos como fueron y no como los poderosos quieren que se cuente;  no sabrían ni siquiera cómo hacer una entrevista decente ni tendrían ese olfato para la noticia que tanta falta hace en el periodismo actual, donde algunos salen de la universidad esperando que las noticias les lleguen al escritorio, siendo que tal como dice el periodista más cachilupi de Chile, Pablo Sandoval (sí, soy su hincha número uno), "el periodismo de verdad está en la calle, en aquello que no se ve a simple vista, es cosa de investigar y se pueden encontrar historias increíbles. La labor del periodista no es transmitir comunicados oficiales, está en buscar la verdad y comunicársela a las demás personas, para ayudar y hacer de la sociedad algo más justo, pues como bien dice la Bío Bío, el que no está informado no puede tener opinión. ".

En fin, no me queda otra cosa que recomendar este gran libro, pues Fuguet, amado por unos y odiado por otros, tiene un talento innegable para la prosa. ¿Quién mejor que un periodista y escritor para retratar su propio mundo?.






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